Archivo del sitio

EL DOBLE DE LA VIDA

EL DOBLE DE LA VIDA

Hay una mezcla más peligrosa que el napalm: aquello que gusta a la masa y al mismo tiempo parece digno de entendidos. No es el caso de Belén Esteban o Leo Messi  (a ningún entendido gustará la primera; y no hace falta serlo para gustar del segundo) pero sí lo es de un género especial de casos que siempre me inquietó, lo que llamaría: lo popular-bueno, esa rara comunión entre el gusto común y el conocimiento profundo de un tema, a saber, iconos como Fernando Torres, el Código da Vinci o Quentin Tarantino, esas extrañas veces en las que la dictadura de la mayoría da argumentos para justificarse, para justificarlos y no malemplear el término “el gusto es mío”. Cuando se juntan lo profano y lo divino, tenemos ídolos de pacotilla, cuestiones incuestionables: opinión subjetiva y objetiva dándose la mano para evitar toda crítica. Fenómenos fans, raras avisque podrían poner de acuerdo a padres e hijos, gobiernos y oposiciones y casi a novios y novias. Casi. Cosas banales con serios propósitos, ese doble de la vida, como es la beca Erasmus. A todos gusta por motivos diferentes, al padre porque el niño hace lo que él (el padre) quiere: aprueba y deja de sangrar los ahorros de la casa; al niño porque no está con los padres y hace lo que los padres no quisieran – lo que quiere; y al Gobierno porque cree que los jóvenes se hacen plurales, transversales y aprenden idiomas (el standard debe ser el nivel ZP para una segunda lengua, claro).

Hace unos años fui testigo de un buen diálogo tarantinesco. Un amigo nos explicaba el secreto del éxito de los McDonald’s, esa fábrica de comidas felices (jajahappy meals) dirigida por un payaso. Según él, ya estés en Jaén o disfrutando, como nos hará saber tu facebook, de un viaje en ciudades tan fascinantes como Ljubljana (¡? :o), un McDonald’s “nunca te falla”. Aquí o allá, sabrás lo que tienes entre manos. Huelga decir que minutos antes nos había convencido para ir a comer al sitio más arrebatador de toda Venecia. Adivinen.

Con el Erasmus, pasa parecido: nunca falla. Ya te den destino en Jyvaskyla (Finlandia), un sitio con el encanto comunista de un Lidl, o como a un servidor en la bella ciudad francesa de Lyon, la cosa no cambia mucho. Hasta el más mortal de los comunes sabe de antemano, como sabe a qué sabrá aquí o allá un BigMac, que será “el mejor año de tu vida”. El Erasmus tiene el secreto del éxito: te da la seguridad de poder apuntarte eso, un éxito, que en tu pueblo nadie podrá rebatir. Como con Torres, maldito aquel que ose cuestionarlo, sus defensores dirán: “Pero pelao ¡mira sus números cuando se fue al extranjero!” Esos goles en Liverpool que nadie ve, se traducen en unas estadísticas incluso mejores para el estudiante: beber el doble, ligar el triple y aprobar el cuádruple. Nos salen las cuentas para contar nuestro cuento, que con un poco de sal y un poco de smiley, nos hará fenómenos mediáticos en las redes de comunicación, por virtualmente sociables que sean éstas.

Y es que la vida Erasmus es el doble de la vida, como el actor que hace la escena increíble y no la real, o como el BigMac en la foto, que no sólo es el doble de big (cosas de mi reciente doble lengua) sino que es simplemente otro, un impostor, una mentira como la de la sonrisa de un payaso. Sabe igual en todos lados pero nunca te comes la increíble hamburguesa de la foto. Que no está mala, pero que es mentira. La experiencia Erasmus tiene ese empaque de anuncio maravilloso, de adelanto de una vida mejor. En estos días en los que cada vez es más imposible hablar con la gente sobre su vida de verdad, su vida privada -la que no aparece en el estado de tu perfil-, es sencillo que “el-mejor-año-de-mi-vida-guión-Erasmus” sea un trend topic. Y claro, no caben preguntas, ni dudas, quizás. Como decía Hegel, la felicidad escribe páginas en blanco.

Y aquí, debería parar “…éramos tan felices…” pero haré un estúpido ejercicio de desprivacidad y hablaré de mi vida real Erasmus. No creo que pueda desmontar el mito, pues aparecerían paquetes bomba en el felpudo de mi casa, así que me remitiré a los números: Bebí lo normal (a saber, el doble), ligue el triple (la mitad que cualquier finés en un mal año) y aprobé un tercio (que es propiamente eso, una tercera parte, como la del Padrino).

Al primero que le escuché hablar mal del Erasmus, muchos años después de conocer gente que se iba, parecía que habían vivido en un mundo insoñable, y después seguían siendo exactamente los mismos tipos, fue a mi queridísimo Pablo (una de esas 3 personas con las que tienes confianza en la vida) quien me dijo: “Mira, ni la fiesta es la hostia, ni se sacan tan buenas notas, y desde luego, no se folla tanto!”. Y como he visto los partidos de Torres y he comprobado que otros me tenían que estar engañando con sus números, pues me fui a Lyon a sacar mis propias conclusiones.

En mi cabeza había 3 objetivos: aprender francés (para ello era necesario no juntarse con españoles), licenciarme (para ello era necesario no juntarse con españoles) y no perder el tiempo con las chicas (para ello era necesario tener una pseudo-novia, en mi caso otra española Erasmus poco antes conocida).

Así las cosas me disponía a vivir en un piso con franceses, ir a clase regularmente y tener un affaire estable. Andrés Montes seguía vivo y la vida podía ser maravillosa. Y entonces la historia se complica (que no sé cómo coincide con la muerte del narrador): pensando que compartir apartamento será fácil, me voy dos días a un albergue pensando que después podré ir a la residencia de la chica. 21 días después, sigo viviendo en el mismo albergue, con un señor de 85 años, y unos simpáticos mozambiqueños de 40 kilos de sobrepeso, sin poder deshacer la maleta y desde luego sin calzoncillos. Mientras, la chica se convierte en San Pedro con rizos y la facultad…¡¿A quién le importa ya la facultad!? ¡Esto del Erasmus pues es una pasada (de largo)!

El albergue pasa a ser un hotel para reporteros de guerra que aguardan el fin de las hostilidades. Al menos has cumplido un objetivo: tus amigos no son españoles, son un mimo croata deportado de España tras haber sido 7 años okupa en Granada, un hippie francés con acento sevillano y razonable parecido a Pedro Guerra que trabaja en el hostal y un neno gallego que te enseña los trucos del póker por Internet. Ni francés, ni castellano común. Ni licenciatura, ni chica, ni casa.

Pero, esto es el doble de la vida, y como la imagen sin espesor y traidora en el espejo trae cosas parecidas pero diferentes. Como en la vida, te cambia la izquierda por la derecha (Aló, presidente) y lo que podía salir bien, sale mal, y acabas haciendo lo que no querías, pero lo que no querías resulta ser lo mejor, como peinarte delante de un espejo (hazlo al revés en la realidad para que quede como querrías que fuera en el reflejo, aunque no sea). No sólo eso, sino que lo malo es un auténtico salvavidas: Que no querías juntarte con españoles ya que estos son unos sectarios y son los únicos que se reúnen masivamente entre ellos. Pues te vas con españoles, que siguen teniendo el mismo sentido cosmopolita que el Athletic de Bilbao, pero siempre lo dan todo. Jamás tuve la oportunidad de ver a más de 4 alemanes juntos, nunca vi menos de 10 españoles. Que aprobar asignaturas era más sencillo, pues después de estudiar más para 4 créditos franceses que para 11 españoles, la profesora te dice: “Su examen está bastante bien. C’est assez bien, me gusta su trabajo. Le voy a dar un 4,5. (Sonrisa) ¿Perdón? –Un 4,5 (sonría, por favor)” pues te vuelves a España a hacer unos exámenes en junio y te tratan como en casa (Aprobé más en una convocatoria estudiada a distancia que en un año estudiando en la instancia), y que pierdes a la chica que te ha desquiciado unos meses, tranquilo, después te cuentan que en realidad llevaba unos años con otro, y piensas, para desquiciada ella. Y después vienen las escenas censurables, las semanas de oro, las rebajas de última hora y la selección de la que todos éramos primos de Casillas. Todo comprimido en un año, que parece el doble y se ha acabado a la mitad. Y como es de rigor, un día vuelves a casa, jueves, 8am, borracho y solo, en bici y te pegas una hostia digna de un buen contador de historias y ahí, en un acceso místico en Rue Republique rodeado de transeúntes preocupados, te preguntas: ¿Acaso no te lo has pasado bien? Evidentemente sí, y mientras los radios de la bici dan vueltas y vueltas y tours, el pensamiento gira: ¿Tiene algo que ver con el Erasmus? No.

El Erasmus es un desastre y una mentira: académicamente terrible (ni apruebas ni aprendes), ni adquieres la lengua, ni sabes cuando te pagan, y hasta se te puede romper el corazón e incluso sucede algo tan raro como hacer un amigo de verdad.

Creer al doble o al gemelo malo es lo que te lleva al pozo o a la cumbre. Sale mejor romper el espejismo mágico. Fue un año inolvidable, como lo son todos los años, y si fue el mejor, nada tuvo que ver con los números, ni los smileys, tuvo que ver con que fue un trozo tan real que nos parece mentira. La vida es así.

Al volver, descubro sin asombro, el título de casi todos los emails: “¿Qué tal la vuelta a la Realidad?”

Alberto Cruz

Jaén, 20 de Julio de 2010, para el periódico EL MUNDO.