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NADA NUEVO BAJO SOL

nihil novum sub sole.

Si hacemos un ‘pacto de mínimos’ sobre particularidades comunes entre todos los que están en Sol y todos los que en nuestro orbe habitan bajo el astro rey, coincidiremos en que existen 3 cosas que están en la vida de todos -ya sea uno revolucionario o no. Por raras que parezcan, a mi entender son: el dolor, los gritos y la basura. Hazme caso, seas de derechas o de izquierdas o de la extremidad por descubrir, de compartir algo, compartimos estas tres cosas.

Dolor en el inicio. Experimentado desde el mismo momento en que nacemos, siempre pensamos en cómo nuestra invirgen madre sufre, pero solemos olvidar que no hay niño alguno que en su primer momento de vida no llore, gima, sufra, se retuerza, grite. Tras mucho tiempo bajo presión se libera -y liberarse es lo más doloroso, pues uno se acomoda incluso a las peores camas, incluso a las peores mamás-estado (ambos, lugares siempre apetecibles, para dar rienda suelta a la desidia y la abulia).

Después y según la vida de cada cual, experimentaremos con el tiempo, más o menos veces: dolor. Pero siempre es el mismo dolor, ni más real ni menos: como el amor. Como la democracia.

“En el principio era el Verbo” mentía San Juan. Era el Grito, grito como sólo puede ser el gritoreal, inarticulado, sin palabras, sin forma; inteligible sólo respecto al dolor. El grito enmudece al que lo escucha. El grito es caótico y por desordenado es necesario que no tenga un discurso: esperar de un niño que nada más nacer dicte un plan quinquenal o se atreva a contar un chiste de Arévalo sería más irracional que el irracional grito. Así nos pasamos más de un año (más de una vida) gritando por lo que no queremos y por lo que queremos sin necesidad de explicar por qué sí o por qué no queremos lo que queremos o lo que no queremos. Si tuviéramos la explicación no la gritaríamos, la diríamos en voz alta.

La basura también está en el origen, no hay parto limpio ni niño limpio. La elegancia de la infancia reside en tirar la comida del plato. No obstante, y a diferencia del dolor y de los gritos, la basura, con los años, no la dominamos ni la reducimos: la basura siempre crece.

Con el tiempo nos duelen distintas chicas y, según quiénes seamos, gritamos distintas proclamas (sin sentido) a distintos vientos; no ocurre lo mismo con la basura y sus vertederos pues son igual de míseros aquí, en NYC, Fukushima o Guinea Conakry. La basura es la prueba de la corrupción diaria, de la que con los años, unos pocos sacarán petróleo, y otros, los más, infecciones. La mierda nunca huele bien.

De entre la ruina, Sol ha dado a luz, y lo ha hecho con dolor y por dolor. Una generación entera no quiere ser abortada, y ante la falta de espacio, de ocupación, sale a la calle, a territorio inhóspito, poco seguro y nada cálido: imposible acomodarse al lecho de asfalto. Sol grita, y grita porque le duele, no porque tenga soluciones. No las tiene que tener. Sol se queda sin palabras pero hace mucho ruido, le faltan propuestas porque lo que tiene es un desgarro. Sol no es doctor ni debe serlo: es paciente con urgencias, pero muy paciente. Sol grita porque sabe lo que no quiere y sabe que lo que quiere está a la mano. Sol sabe lo que le duele y lo grita.

Sin embargo, parece que Sol se ciega a sí misma de tanto mirarse y olvida que el ombligo del mundo, cordón umbilical de la realidad, también se llena de basura. Nacida fruto del amor al cambio y como afirmación positiva de la negación de la clase política patria (esos corruptos zurdos, diestros y ambidiestros, que se distinguen en género pero no en clase), crece rápido y se corrompe como todo producto perecedero, y por eso morirá sin ahogarse en un grito. Los interesados (especuladores de las ideas, creadores de burbujas de plomo) piden que el recién nacido no balbucee sino que hable y ante las acuciantes prisas por sofocar el grito y su limpísimo y bellísimo ruido, unos pocos se erigen en representantes de la transversalidad y la pluralidad, el mismo error con distintos padres. Paradojas del sistema: los anticapitalistas capitalizan tu presencia, los capitalistas decapitan su sistema, los antirepresentantes representan. Progresismo noche tras noche. Feministas y cansados.

Sol no debe automedicarse pues llenará sus pensamientos de basura, se intoxicará con palabras menos serias que los gritos, y por supuesto más mentirosas, instrumentalizadas, sucias y corruptas. Para no repetir los errores de los otros (Copérnico también era heliocentrista, revolucionó con acierto equívoco), para no ensuciar la memoria del recién nacido, no pensemos que tenemos tanto en común los que nos hemos reunido bajo las noches de Sol, eso será un punto limpio.  Busquemos 3 factores que aglutinan y que hemos tenido en común desde la salida de Sol: luchemos contra la basura (fin de la corrupción), pongamos una palabra al grito: indignación; y ahorrémonos el dolor de que mi voto valga más que el tuyo. Seremos más iguales, para poder ser más diferentes, pues no salimos de una masa para meternos en otra, mister camarada. Eso sería lo de siempre, otro brindis al sol, otro día igual, el mismo amanecer de una absurda, inmensa y necia nada.

Alberto Cruz, a 22 de mayo de 2011 (publicado originalmente, como firma invitada, en el blog Siervo de la vida http://www.siervodelavida.blogspot.com)

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LA VIDA QUE NOS PROMETIERON

“Papá, yo lo que no entiendo es por qué España no es Marruecos”. Cuando escuché esa frase me quedé perplejo. Hará 4 años, vivíamos en un todavía. La ironía me invadió, la misma que reflejaba la sonrisa del padre que socarrón contestó: “A veces me sorprende que seas tan listo (“listo” en este contexto =  “que-vayas-a-la-universidad”) con las gilipolleces que dices […] España es un país muy bien formado (léase “con-muchos-universitarios”), con mucho talento”.

He ahí la paradoja, que la formación no sólo no evita la gilipollez, sino que casi la provoca. Vivimos la vida de otros (ninguna estupidez mayor), la que se prometieron nuestros padres: la próxima generación irá a la universidad –sin importar si ésta es de calidad o no pues sin título no se puede ser nadie: antes fueron los títulos nobiliarios, ahora los universitarios: sigue siendo una cuestión de clase. ¿No será entonces un problema más bien de educación que de formación? Lo sabe un servidor quien por cierto era el hijo de la anécdota, y que a día de hoy, pese a los títulos, sigue sin ser nadie.

Mucho tiempo después, crisis mediante y con la ironía como única cara al mal tiempo, me sigo preguntando lo mismo, ahora con el temor de que en breve la pregunta será más caústica (¡todavía!), que se convierta en un antimilagro de un Jesucristo invertido que convirtió el agua en vinagre y el vino en Don Simón, y al darlo a probar a todos nos dejó cara de crío del Atleti: ¿Papá, por qué somos del Marruecos?

Si fuésemos honestos con nosotros mismos, si tuviésemos modales, educación, si supiéramos comportarnos (que es aquello que inculcan los educadores, los padres: no hacer preguntas insolentes sino justas; no querer más de lo que se merece: castigado sin postre por malo, este año carbón por Reyes, etc.) nos debería sorprender más preguntarnos: ¿Por qué deberíamos ser Francia, UK o Alemania? ¿Con qué derecho? Y no la victimista: ¿Por qué somos Marruecos? (Que entre paréntesis quiere decir “no nos lo merecemos ¡¿Por qué nosotros y no el vecino?! (silencio) Putos franceses (¿!?!¿¡?)”)

El gran engaño, que nos hemos contado y creído, ha sido querer ser Europa pero sin cambiar un ápice, es decir, sin serlo. Ser ricos siendo españoles. Ir a la universidad, ser doctor y querer que sea fácil. Y así es, así de fácil. Somos un país infantil, en el que siempre existirá el problema de la educación, pues no hay aulas para 40 millones de niños, para 40 millones de excusas, 40 millones de “yo no he sido”. En nuestro país nadie es culpable de nada, siempre es otro: la crisis de los bancos, el paro del gobiernoZP, el gobiernoZP del gobierno de Aznar… Por el contrario, cada mérito siempre propio, nunca del otro: El Mundial es gracias a mí ó no podría existir Alberto Contador sin nosotros (perdón, esto ya no: Culpable, y dice el coro: “siempre supe que había algo sospechoso en él…”). Entre la jactancia y la cobardía hacemos un país esquizofrénico al borde de la camisa de fuerza, o del baby de la guardería.

¿Cuál es problema de la educación? El aprendizaje del futuro, a saber, aprender “el futuro” que básicamente es lo que no se puede aprender. En un país en el que lo divertido es no hacer nada, cada esfuerzo tiene que tener una recompensa maravillosa, sino tendremos que ir a la huelga, porque eso sería, es, un escándalo. Por eso andamos descerebrados, tanto que estos días leo, que gente de mi generación, nos llama con la perspectiva que da la autonominación: “la mejor generación de la historia de España” y tan panchos (claro, jamás hubo tanta élite ¡ni la Revolución Francesa acabó con tantos títulos! La locura es tal que ¡luchamos por ser lo que no quisimos ser! Ése inalienable derecho a que nuestro título tiene que darnos unos privilegios). Será una cuestión de educación y no de formación. O también.

El problema del futuro, como decía alguien más listo que yo (¿menos universitario quizás?), es que “siempre es lo mejor”, y cómo no, se nos ha quedado cara de idiotas de tan listos. El futuro salió rana, la mejor generación perdida vaga, juega con los Ni-Nios (¿no es ésta la peor generación de la historia de España?), se queja de que no le dejaron hecho el porvenir, mascado, como aquella cama que se hacía sola después de cada desayuno. Para nosotros, ahora el futuro es culpable del pasado, o viceversa o al revés, o todas a la vez, lo que es seguro es que ¡Alguien tiene que tener la culpa de que seamos una generación sin oportunidades ni esperanza! ¡Alguien tiene que ser culpable de mi infelicidad (¡y no puedo ser yo!)!

Estos días escucho muchas quejas, quejas de víctimas victimistas: ¿¡para qué estudié una carrera!? ¿¡Tanto esfuerzo para nada!? Estamos repitiendo al mismísimo Chiquito de la Calzada cuando buscaba respuesta a la irresponsible pregunta “¿Y qué hay de lo mío?”. Una eterna queja sobre un esfuerzo, empero, dudoso en un sonrojante sistema universitario (tema que trataremos en otra ocasión). Según mis estadísticas, que siguen el mismo método que las que maneja el gobierno, el 73% de los universitarios piensan que 1º de Bachiller fue más difícil que 1º de Máster (allí al menos uno se levantaba a las 8 y no volvía a casa hasta las 15 horas –si a un universitario le pones ese horario acabas de crear un asesino). Pero ¿Quién no se esfuerza? ¿El chaval que con 16 años se fue a montar muebles? ¿El minero sin titulación? ¿No será culpa nuestra, por presumir de aprobar un examen sin haber hecho nada, por reír las gracias al que no fue a clase, por alardear de un año Erasmus en el que todo fue por la cara?

Nuestra generación, y no otra, devaluó la universidad hasta transformarla en una guardería para adultos, en una queja infinita que exige el pago de la deuda, alguien nos la debe: ¿¡Pero quién!? ¿Acaso nuestros padres que llevan 25 años pagándome? Para no volvernos locos (¡para no ser deudores de nuestra propia deuda!) nos cubrimos de injusticia, de mala suerte, cada uno se la hace merecer como puede, mistificando: “Yo es que estudié ingeniería que es dificilísimo” -¿Si yo no estudié eso como saber que es tan complicado o cómo sabe él que lo mío es más fácil?- o culpando al ambiente: “No aprendí nada en la facultad de Periodismo, la universidad era malísima”. Víctimas por exceso o por defecto, todas apocadas porque no tienen el futuro que les prometieron.

Sería estúpido pensar que la generación de nuestros padres, abuelos y primates, tuvieron un futuro más estable, predecible, prometido que el nuestro. Ellos se ganaron su futuro ¿Cuándo dejaremos de perder el nuestro? ¿Cuándo viviremos de nuestras promesas?

¿Cuándo dejaremos de perder el tiempo? ¿Cuándo querremos ser dueños de nuestro destino? Es cosa nostra llegar a decir: “Hijo, por esto no somos Marruecos”

Alberto Cruz,

Madrid a 2 de octubre de 2010 para el periódico ‘La Voz de Telde’

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EL DOBLE DE LA VIDA

Hay una mezcla más peligrosa que el napalm: aquello que gusta a la masa y al mismo tiempo parece digno de entendidos. No es el caso de Belén Esteban o Leo Messi  (a ningún entendido gustará la primera; y no hace falta serlo para gustar del segundo) pero sí lo es de un género especial de casos que siempre me inquietó, lo que llamaría: lo popular-bueno, esa rara comunión entre el gusto común y el conocimiento profundo de un tema, a saber, iconos como Fernando Torres, el Código da Vinci o Quentin Tarantino, esas extrañas veces en las que la dictadura de la mayoría da argumentos para justificarse, para justificarlos y no malemplear el término “el gusto es mío”. Cuando se juntan lo profano y lo divino, tenemos ídolos de pacotilla, cuestiones incuestionables: opinión subjetiva y objetiva dándose la mano para evitar toda crítica. Fenómenos fans, raras avisque podrían poner de acuerdo a padres e hijos, gobiernos y oposiciones y casi a novios y novias. Casi. Cosas banales con serios propósitos, ese doble de la vida, como es la beca Erasmus. A todos gusta por motivos diferentes, al padre porque el niño hace lo que él (el padre) quiere: aprueba y deja de sangrar los ahorros de la casa; al niño porque no está con los padres y hace lo que los padres no quisieran – lo que quiere; y al Gobierno porque cree que los jóvenes se hacen plurales, transversales y aprenden idiomas (el standard debe ser el nivel ZP para una segunda lengua, claro).

Hace unos años fui testigo de un buen diálogo tarantinesco. Un amigo nos explicaba el secreto del éxito de los McDonald’s, esa fábrica de comidas felices (jajahappy meals) dirigida por un payaso. Según él, ya estés en Jaén o disfrutando, como nos hará saber tu facebook, de un viaje en ciudades tan fascinantes como Ljubljana (¡? :o), un McDonald’s “nunca te falla”. Aquí o allá, sabrás lo que tienes entre manos. Huelga decir que minutos antes nos había convencido para ir a comer al sitio más arrebatador de toda Venecia. Adivinen.

Con el Erasmus, pasa parecido: nunca falla. Ya te den destino en Jyvaskyla (Finlandia), un sitio con el encanto comunista de un Lidl, o como a un servidor en la bella ciudad francesa de Lyon, la cosa no cambia mucho. Hasta el más mortal de los comunes sabe de antemano, como sabe a qué sabrá aquí o allá un BigMac, que será “el mejor año de tu vida”. El Erasmus tiene el secreto del éxito: te da la seguridad de poder apuntarte eso, un éxito, que en tu pueblo nadie podrá rebatir. Como con Torres, maldito aquel que ose cuestionarlo, sus defensores dirán: “Pero pelao ¡mira sus números cuando se fue al extranjero!” Esos goles en Liverpool que nadie ve, se traducen en unas estadísticas incluso mejores para el estudiante: beber el doble, ligar el triple y aprobar el cuádruple. Nos salen las cuentas para contar nuestro cuento, que con un poco de sal y un poco de smiley, nos hará fenómenos mediáticos en las redes de comunicación, por virtualmente sociables que sean éstas.

Y es que la vida Erasmus es el doble de la vida, como el actor que hace la escena increíble y no la real, o como el BigMac en la foto, que no sólo es el doble de big (cosas de mi reciente doble lengua) sino que es simplemente otro, un impostor, una mentira como la de la sonrisa de un payaso. Sabe igual en todos lados pero nunca te comes la increíble hamburguesa de la foto. Que no está mala, pero que es mentira. La experiencia Erasmus tiene ese empaque de anuncio maravilloso, de adelanto de una vida mejor. En estos días en los que cada vez es más imposible hablar con la gente sobre su vida de verdad, su vida privada -la que no aparece en el estado de tu perfil-, es sencillo que “el-mejor-año-de-mi-vida-guión-Erasmus” sea un trend topic. Y claro, no caben preguntas, ni dudas, quizás. Como decía Hegel, la felicidad escribe páginas en blanco.

Y aquí, debería parar “…éramos tan felices…” pero haré un estúpido ejercicio de desprivacidad y hablaré de mi vida real Erasmus. No creo que pueda desmontar el mito, pues aparecerían paquetes bomba en el felpudo de mi casa, así que me remitiré a los números: Bebí lo normal (a saber, el doble), ligue el triple (la mitad que cualquier finés en un mal año) y aprobé un tercio (que es propiamente eso, una tercera parte, como la del Padrino).

Al primero que le escuché hablar mal del Erasmus, muchos años después de conocer gente que se iba, parecía que habían vivido en un mundo insoñable, y después seguían siendo exactamente los mismos tipos, fue a mi queridísimo Pablo (una de esas 3 personas con las que tienes confianza en la vida) quien me dijo: “Mira, ni la fiesta es la hostia, ni se sacan tan buenas notas, y desde luego, no se folla tanto!”. Y como he visto los partidos de Torres y he comprobado que otros me tenían que estar engañando con sus números, pues me fui a Lyon a sacar mis propias conclusiones.

En mi cabeza había 3 objetivos: aprender francés (para ello era necesario no juntarse con españoles), licenciarme (para ello era necesario no juntarse con españoles) y no perder el tiempo con las chicas (para ello era necesario tener una pseudo-novia, en mi caso otra española Erasmus poco antes conocida).

Así las cosas me disponía a vivir en un piso con franceses, ir a clase regularmente y tener un affaire estable. Andrés Montes seguía vivo y la vida podía ser maravillosa. Y entonces la historia se complica (que no sé cómo coincide con la muerte del narrador): pensando que compartir apartamento será fácil, me voy dos días a un albergue pensando que después podré ir a la residencia de la chica. 21 días después, sigo viviendo en el mismo albergue, con un señor de 85 años, y unos simpáticos mozambiqueños de 40 kilos de sobrepeso, sin poder deshacer la maleta y desde luego sin calzoncillos. Mientras, la chica se convierte en San Pedro con rizos y la facultad…¡¿A quién le importa ya la facultad!? ¡Esto del Erasmus pues es una pasada (de largo)!

El albergue pasa a ser un hotel para reporteros de guerra que aguardan el fin de las hostilidades. Al menos has cumplido un objetivo: tus amigos no son españoles, son un mimo croata deportado de España tras haber sido 7 años okupa en Granada, un hippie francés con acento sevillano y razonable parecido a Pedro Guerra que trabaja en el hostal y un neno gallego que te enseña los trucos del póker por Internet. Ni francés, ni castellano común. Ni licenciatura, ni chica, ni casa.

Pero, esto es el doble de la vida, y como la imagen sin espesor y traidora en el espejo trae cosas parecidas pero diferentes. Como en la vida, te cambia la izquierda por la derecha (Aló, presidente) y lo que podía salir bien, sale mal, y acabas haciendo lo que no querías, pero lo que no querías resulta ser lo mejor, como peinarte delante de un espejo (hazlo al revés en la realidad para que quede como querrías que fuera en el reflejo, aunque no sea). No sólo eso, sino que lo malo es un auténtico salvavidas: Que no querías juntarte con españoles ya que estos son unos sectarios y son los únicos que se reúnen masivamente entre ellos. Pues te vas con españoles, que siguen teniendo el mismo sentido cosmopolita que el Athletic de Bilbao, pero siempre lo dan todo. Jamás tuve la oportunidad de ver a más de 4 alemanes juntos, nunca vi menos de 10 españoles. Que aprobar asignaturas era más sencillo, pues después de estudiar más para 4 créditos franceses que para 11 españoles, la profesora te dice: “Su examen está bastante bien. C’est assez bien, me gusta su trabajo. Le voy a dar un 4,5. (Sonrisa) ¿Perdón? –Un 4,5 (sonría, por favor)” pues te vuelves a España a hacer unos exámenes en junio y te tratan como en casa (Aprobé más en una convocatoria estudiada a distancia que en un año estudiando en la instancia), y que pierdes a la chica que te ha desquiciado unos meses, tranquilo, después te cuentan que en realidad llevaba unos años con otro, y piensas, para desquiciada ella. Y después vienen las escenas censurables, las semanas de oro, las rebajas de última hora y la selección de la que todos éramos primos de Casillas. Todo comprimido en un año, que parece el doble y se ha acabado a la mitad. Y como es de rigor, un día vuelves a casa, jueves, 8am, borracho y solo, en bici y te pegas una hostia digna de un buen contador de historias y ahí, en un acceso místico en Rue Republique rodeado de transeúntes preocupados, te preguntas: ¿Acaso no te lo has pasado bien? Evidentemente sí, y mientras los radios de la bici dan vueltas y vueltas y tours, el pensamiento gira: ¿Tiene algo que ver con el Erasmus? No.

El Erasmus es un desastre y una mentira: académicamente terrible (ni apruebas ni aprendes), ni adquieres la lengua, ni sabes cuando te pagan, y hasta se te puede romper el corazón e incluso sucede algo tan raro como hacer un amigo de verdad.

Creer al doble o al gemelo malo es lo que te lleva al pozo o a la cumbre. Sale mejor romper el espejismo mágico. Fue un año inolvidable, como lo son todos los años, y si fue el mejor, nada tuvo que ver con los números, ni los smileys, tuvo que ver con que fue un trozo tan real que nos parece mentira. La vida es así.

Al volver, descubro sin asombro, el título de casi todos los emails: “¿Qué tal la vuelta a la Realidad?”

Alberto Cruz

Jaén, 20 de Julio de 2010, para el periódico EL MUNDO.

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